Una Preguntita Más 

   

 A veces me da miedo que el tiempo avance, me da miedo que el reloj un día alcance a mi padre y que sus pies, esos pies de viaje y trabajo que tiene, dejen de pisar este mundo. Quiero ser bien honesto en lo que voy a escribir, dejar de lado lo que pienso que quisieran leer.

     Yo no sé si he sabido explicarle a mi padre cuánto lo necesito, porque nunca quise verme egoísta con él, pero no hay un día en que no lo piense. Con el tiempo hemos aprendido a conversar por teléfono periódicamente, estar al tanto el uno del otro. Pero ¿qué hay de todas esas conversaciones que tengo con él y que no lo dejo escuchar? Desde que mis padres se divorciaron y mi padre vivió en ciudades lejos de mí he creado hábitos en torno a él que no conoce. Como adolescente y ahora como adulto hay días en que la vida me dobla, que me siento a la orilla de mi cama y que comienzo a hablar con él sintiendo que en el viento las palabras se sostienen y que encuentran el camino a su corazón. Otro hábito mucho más evidente es la guitarra, los primeros años que toqué siempre fue para sentir su abrazo rodearme, tocaba tantas horas al día esperando alucinar su presencia, escuchar su voz en mi delirio, sí, así de mucho lo amaba y lo amo.

    Lo cierto es que mi relación con él se sostiene en lo que construimos cuando hemos vivido juntos o cerca, es eso lo que me inspira para yo mismo ser el padre que ahora soy, a través de mi experiencia comprendo que estar cerca de mi hijo es fundamental. Tengo muchos recuerdos de él, los llevo como mi bandera. Recuerdo en una fiesta, yo tendría 6 años o un poco más, mi padre siempre sacaba su guitarra en las reuniones, que guardaba en el carro por si se prestaba el momento de una noche bohemia. Yo me escondí para poder escucharlo detrás del sillón donde él se había sentado. Recuerdo que el sillón era de esos gruesos, cafés y aterciopelados. Y mientras los demás niños jugaban a “los atrapados” yo comencé a escucharlo cantar. Recuerdo que cantó la de “Por qué se fue” y que yo me puse a llorar por la letra. Pero ahí fue donde comenzaba a ver a mi papá a través de todas sus murallas, el hombre que siente la vida en su plenitud, el hombre que llora, el hombre que es capaz de amar a una mujer, el hombre que ríe y se ilusiona, que tiene sueños y dolores. Él me enseñó como una guitarra puede ser un puente directa al alma.

    Recuerdo que una vez fuimos a Disneylandia pero un horario especial, abrieron las puertas para los hoteleros de noche y durante la madrugada, y de todas las imágenes que pudiese tener de esa noche tan bella para un niño, la más importante de ellas fue cuando antes de entrar yo iba agarrado de la mano de mi papá y desde la altura de su cintura miré hacia arriba para buscarle la cara y sus ojos tenían un brillo de emoción tan iluminado que sus pupilas parecían dos lámparas de alegría. Recuerdo haber visto a un niño en él que aún no conocía y que se me antojaba mi nuevo mejor amigo.

    Recuerdo muchos días maravillosos con él que no sé si algún día se dará la bella oportunidad de contarles, pero si aún tienen a su padre cerca de ustedes, por favor visítenlo, dedíquenle un par de tardes a la semana, abrácenlo con el menor de los pretextos o sumen interés a los proyectos que tienen entre manos, aunque se traten de recolectar música o ver el fútbol, díganle “Te amo, te amo, te amo Papá”. Hace mucho tiempo que yo dejé de dar consejos y no me siento apto para hacerlo, pero en este caso es preciso resaltar lo importante que es amar a su padre mientras lo tenemos, porque un día ya no va estar.

     Papi, si leíste hasta aquí, declaro una vez más, frente a quienes hayan leído también, que te extraño todos los días de mi vida, que te amo en todos los límites de mi amor, y que si pudiese pedir un deseo, uno sólo, sería que después de esta vida mi alma se vuelva a fundir con la tuya.

"¿Quién es quien te quiere más?"

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